La pequeña localidad guipuzcoana de Lazkao, en el corazón del Goiherri, ha aparecido esta mañana plagada de pancartas en las que califican de "erasotzaile faxista" (agresor fascista) al joven que el pasado martes armado con una maza destrozó la Herriko Taberna del pueblo. Ya está señalado. Las huestes libertadoras de Euskadi no pueden permitir que se alce la voz en su propia despensa. Se enviaría una señal errónea, de flaqueza, si tolerasen comportamientos como los de este hombre que la noche del pasado domingo vio como una bomba colocada en la Casa del Pueblo de Lazkao destrozaba su domicilio. Era una víctima colateral. Un sacrificio que se exige en pos del amanecer de una Euskadi libre. Le piden, además 8 años de cárcel, que es la pena que se reclama a los jóvenes detenidos por actos de violencia callejera. Pero se olvidan, entre otras cosas, de que mientras estos adiestrados cachorros actuan con pasamontañas y cobijados en la oscuridad de la noche, ese vecino de Lazkao lo ha hecho a plena luz del día y a cara descubierta. Pequeñas diferencias.
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