En la Antigua Grecia cualquier ciudadano, no vamos a entrar aquí a debatir sobre la cuestión de quién tenía la condición de ciudadano, podía aspirar a cualquier cargo pues los puestos, entre ellos los de jueces, eran sorteados cada año. Aquí, dos mil años después, la renovación del Tribunal Constitucional lleva bloqueada desde hace casi un lustro y dado la forma establecida para su renovación, que exige mayoría de tres quintos, es de prever que la sustitución de los miembros del más alto tribunal esté siempre supeditada al juego y a los intereses de los principales partidos políticos. Una circunstancia que obliga a plantearse la necesidad de establecer una nueva fórmula que impida que estas situaciones se eternicen y repitan en el tiempo.
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